El tipo se vistió para su chequeo médico general. Después de bañarse, afeitarse y tras ponerse desodorante se sintió muy saludable. Tal vez más aun por su decisión de controlar su cuerpo que a los 38 y con la vida llevada en el pasado -tal vez- empezaba a tener fallas. El día era perfecto. Temprano había sol y temperatura agradable. El aire limpio. Sintió que era un día atípico, desbordante de salubridad y actitudes correctas. También notaba cierta felicidad en que existiera una sociedad como la que él tenía, donde pedía hora por internet y al instante para la misma semana obtenía la consulta. Como si fuera poco le recordaron el día antes con un mensaje en su teléfono móvil que tenía su set de exámenes ese día. Finalmente sabría si habría un problema o “vendía salud”. Se cagaba en los que decían que la opresión del pecho era angustia. “Me cago en la angustia, esto es de las pizzas y las cervezas tomadas, estoy seguro, pero que lo diga el médico y que me certifique que no puedo chupar más ni pedir un delivery en mi vida. Tengo que estar muy cagado para que eso pase. Seguro voy a poder tomar cerveza de por vida, aunque comer pizzas con moderación”.
Así que se subió al auto. Estaba un poco retrasado. Pero igual iba tranquilo y sin apuro. La clínica no estaba lejos. Era de las mejores no solo por su categoría en el trato de los pacientes (o clientes) sino también por la consideración con los retrasos y la re-programación de las consultas y exámenes sin problemas. Pensaba en qué diría el médico, y en qué le diría él al médico sobre su vida sedentaria de los últimos tres años, que nunca fumó pero que inclinaba el codo los fines de semana duro y parejo. Bueno entre semana también a veces, pero como eso era irregular tal estadística no debería contar para el galeno.
8.20 de la mañana era la cita. A las 8.14 todavía estaba en el auto y a cuadras de la clínica. A las 8.15 sonó el celular. Lo atendió. Se distrajo 1 segundo y seis décimas. Lo arrolló una barométrica. Se murió el tipo. Quedó hecho mierda. Y entre la mierda.
La chica de la clínica tan pero tan eficiente llamó en su afán de consultar si llegaba a tiempo a su consulta o prefería que se la re programaran unos minutos más tarde. Jamás supo que lo mató la distracción de su llamada, la obsesiva vocación de servicio, el trata de hacer sentir “únicos” a sus pacientes. Él jamás supo que su necesidad de controlar su salud lo condujo a la misma muerte. Y que se encontraba sano como un roble (si es que alguien ha auscultado un roble y le ha hecho exámenes tras doce horas sin regarlo ni tomar nutrientes minerales de la tierra y examinando la primera savia de la mañana), tal como lo reveló la autopsia que le realizaron. Al menos un sueño se le hizo realidad, o dos: pudo chupar hasta morir; y llegó a la muerte con una salud de fierro.
1 comentario
22/10/2009 a las 3:10 PM
A veces nos mata el miedo a morir.
Muy buen final.
Saludos