Esas cosas que nos hacen pundonorosos sin razón
1 Mal de la cabeza.
¿No te pasa que cuando te cortás el pelo con alguien que no es tu peluquero de siempre andás escondiéndote, con la cabeza tapada o evitando la cuadra de tu peluquería habitual?
2 Infidelidad comercial.
Volvés del súper, te olvidaste de algo pero en vez de pasar por el almacén de tu barrio vas primero a tu casa a dejar las bolsas y luego sí: sin cargo de conciencia, salís a comprar lo que te faltó. ¿Qué culpa tenemos que Manolo no venda café en frasco?
3 Gustos musicales.
Confieso: me gustan Avril Lavigne y Miguel Bosé. ¡Salí del closet!, me rebelé. Ya no tendré que camuflar como To kill a little child el No hay igual de Nelly Furtado, o como Dámela duro nena el Nunca voy a olvidarte de Cristian Castro en mi mp3.
4 Vergüenza intelectual.
Pago un millón de dólares si se encuentra en La Ronda un televidente confeso de Gran Hermano. Nadie lo vio, pero todos sabemos quién es Osito, nos intrigó la identidad de “Cuore” y encuadernamos las Playboy de Griselda y de Claudia.
5 Vergüenza de tu pareja.
¿Se ríe a carcajadas o con ronquiditos a lo Cameron Díaz ante tus amigos? Capitalizá el hecho diciendo “¡Fue lo que más me sedujo! Además de oírla comer pop con la boca abierta en el cine”.
6 Vergüenza ajena.
Llamarlo “rockero”, que se lo crea sex symbol, crearle un aura de misterio y seducción a un viejo ridículo que canta en bata con andador y oxígeno y lo siguen cuarenta viejas seniles tirándole calzones, como a Sandro… ¡me produce vergüenza ajena extrema!
7 Vergüenza progenitora.
De mi viejo aprendí a usar un calzoncillo por día, de mi vieja, a que nada te importe y ser práctico. Pero se le fue la mano el día que por comodidad anatómica de su columna usó mis “Kichute” de fútbol y fue así a buscar mi carné al liceo. Muchas sesiones de terapia me costó.
8 Vergüenza perra.
No sé la relación can-hombría que hace a ciertos tipos sentirse más “machotes” con un rottweiler que con un pequinés. Pero he de admitir que sacar a ventilar a Junior y Tommy, los yorkshire de mi vieja (¡sí, como el de Susana!), me produce cierta turbación.