A veces la vida te ofrece por un segundo la posibilidad de cambiar radicalmente tu existencia. De que el rumbo que traías hasta ese momento vire en una dirección inesperada. Es en esos momentos cuando uno consciente o inconscientemente toma o no esa chance; cruza o se queda estático ante esa puerta que se abre para pasar a otras vivencias, a otra realidad que cambiará tu vida para siempre.
Y una de esas oportunidades creo haberla encontrado una fría mañana de enero del 2001, típica para esa época, ya con bastante nieve. Bueno, debo aclararles que era típica para Manhattan. Ocasionalmente había perdido a dos de mis mejores amigos –momentáneamente- aquél día luego de bajar del Empire State y de no encontrarnos en el MOMA tal como habíamos quedado. Pero me sentía a gusto y como en casa recorriéndo solo –y disculpen el lugar común- la “gran manzana”. Era un gusano más.
Llevaba mi cámara y mi cabeza llena de cosas cosmopolitas (porque todo en NY es “cosmopolita”). Me cuestionaba por qué se me habían caído unas lágrimas en el mirador silencioso y ventoso del Empire State; por que la gente camina con la fastuosidad de que algo importante y con glamour van a realizar en sus respectivos destinos en esa ciudad. Y recordaba la promesa que nos habíamos hecho con mis amigos unos minutos antes: “Dejamos para la próxima vez que vengamos la visita al mirador de las gemelas”, claro ahora parece tonta esa promesa, pero tal vez fue otra de esas oportunidades que uno no toma en el momento y nunca podrá volver a tomar.
Delirando la mente, o tal vez sacando alguna foto, o simplemente respirando el aire frío del lugar y observando gente (una de mis aficiones… no la de respirar sino la de observar gente de otros lugares) en el cruce de Broadway con la 7ª avenida, en Time Square, cuando una chica bastante linda, sin aire neoyorquino (no me pidan que les explique ahora, pero sé cómo es el aire neoyorquino) se me acercó. En un inglés no nativo, latino, me pidió si no le sacaba una foto. En mi inglés también latino le dije que por supuesto y la acomodé frente a la lente de su cámara, con el fondo de uno de los edificios que da justo en la intersección. No el que tiene el aviso del whisky Suntory y está por encima del stand de ventas de tickets para los teatros, sino hacia el otro, hacia el sur, hacia el que tiene el aviso de las sopas Cup Needles y Budweiser. Así que la encuadré bajo el gran pote de sopa y a un costado de las primicias de Barbara Walters. Me dio las gracias, en inglés obviamente, y se fue silenciosa y sola como estaba yo. Y ahí me di cuenta -porque me quedó ese vacío- de que me faltó hacer una jugada más. Ahí se resumió toda una situación en mi mente cuando ya era tarde, cuando los mecanismos de mi timidez lo habían estropeado todo. Para un nativo de Punta del Este fue fácil darme cuenta que se trataba de una hermosa veinteañera argentina, y sin embargo la pereza de esa mañana no me hizo actuar a tiempo. Y la puerta de esa vida distinta que por un momento se abrió, se cerró para siempre, porque ni siquiera vi hacia donde se fue la minita.
Y si… y si tan solo le hubiese dicho en español “qué casualidad soy uruguayo”, “Ah, ¿vos también andás sola?, vení, te invito a tomar un moccachino a un Starbucks”, o tal vez a una cadena “Popeye’s” donde me había hecho adicto al “red beans and rice” para matar los fríos del hemisferio norte. Pero no, me callé. Y ahí se me disparó la mente de esa otra vida que se me esfumó como el vapor blanco que sale por las bocatormentas de Manhattan.
Tal vez eran sus primeros días en NY, tal vez venía a estudiar diseño. Sí, ¿por qué no? Hija de un gran empresario que podía costearle sus estudios en una capital del movimiento fashion y recién conocía la ciudad. Entonces café o guiso de porotos mediante (no es otra cosa que eso el “red beans and rice”, pero lo recomiendo) nos sonreiríamos, hablaríamos de qué casualidad dos rioplatenses encontrarse a tanta distancias y solos, y para no ser menos clichés nos iríamos a caminar al Central Park, no sin antes señalar el hotelito donde se rodaron escenas de “Pretty woman”. Tal vez le diría alguna de esas boludeces que suelo decir, como que “tu sonrisa me recuerda algo”, o “sino fueras humana serías perfecta”.
El tibio sol de Nueva York nos templaría las almas y los diálogos aquella mañana. Tal vez un Guggenheim, tal vez ver la placa de “Imagine” frente al Dakota donde un 8 de diciembre un tal Chapman le cerro una canilla importante de dinero a la industria discográfica. Y así iría pasando el día, con intercambio de emails, teléfonos y direcciones. Yo ya sabiendo que su viejo –aunque no terminé de entender bien a qué se dedica (del primero al último a veces de algunos empresarios no se sabe bien de qué viven)- pero era algo metalúrgico con concesiones del gobierno. Ella enterada de mi simple vida en Montevideo, de mi vieja dentista, de mi viejo ginecólogo y un par de chistes al límite al respecto. Entonces la despedida, pero ya éramos viejos conocidos y habíamos compartido un día en NY. Y fue inevitable, sobrevino el beso (francés), el abrazo, y la pasión no consumada porque en el New Yorker se hospedaban también mis amigos y la historia se volvería muy común. Así que yo debía volver a Bowie, Maryland, al día siguiente, y días después a Uruguay. Y ella quedaría allí.
Pero después los hechos se dieron muy rápido: ella apareció de pronto en mi casa de Maldonado, a terminar su verano ahí, y a verme. Y nos pusimos de novios. Y conocí al metalúrgico en una casa de Beverly Hills que ni te cuento, y hasta me dejó conducir varias veces la 4×4. Y vivimos todos los clichés del verano, comimos panqueques en Lapataia, vimos la luna en Punta Ballena mil veces mientras hacíamos el amor, caminamos a la noche por la playa, nos gastamos unos buenos billetes (del viejo de ella, claro) en la rula, etc. Hasta nos pusimos motes cariñosos y privados entre nosotros: ella era Fiona y yo Shrek. Y el viejo de apellido compuesto, que por motivos que no vienen al caso voy a obviar, se embaló con la relación entre María Pía (tal su nombre) y yo. Y se embaló tanto que quería nietos y quería boda y yo ya estaba en el viaje, y pensaba, si fue NY, si fue así, no puede salir mal. Y me embarqué en esa vorágine de amor y locura.
Un tiempo antes del casamiento, que se realizaría en el hipódromo de San Isidro, fuimos a elegir el apartamento en el que viviríamos en NY, pues ella debía continuar sus estudios, y yo aprovecharía para perfeccionar mis estudios de fotografía, costeado por la familia de ella claro está. Tampoco entendí mucho como en poco tiempo me hicieron argentino y me consiguieron los papeles para USA, pero ni pregunté. El hecho del cambio de nacionalidad me trajo algunos entuertos con los más conservadores de mis amigos. Acordamos un charter para llevar a mi familia y allegados a Bs As., ellos básicamente costeaban todo, pero mi viejo pagó algunos remises del aeropuerto al hipódromo.
Había de todo tipo de invitados, mis amigos copados todos, pasados de copas por supuesto con el mejor del los “champús”. Había hasta algunos militares de rango, gente de la pizza con champán, modelitos, actores, de todo… y hasta la revista CARAS vino a fotografiar la boda. A mi no me pusieron en muchas fotos, pero a ella y a otra gente sí. Los de mi barra aprovecharon para sacarse fotos con Pampita y con una tal Dolores no sé cuanto que está buena. Otros querían la foto con el Diegote que estaba invitado, pero por suerte no vino.
Ya en NY la cosa cambió, empecé a extrañar, pero la vida matrimonial no estaba mal. Pero fue normal, sólo que en NY. Pero hubo amigos que decían que yo había cambiado, que ahora era un estirado, y bla bla bla. Y eso me dolía un poco.
Así que volví a la realidad y caminando hacia el Soho, parado frente al Flatiron building, me di cuenta que por algo la puerta se cerró, que por algo no tomé esa oportunidad.
Nueve meses después la gran tragedia americana. Un grupo de extremistas hicieron un espectáculo dantesco e inexplicable pero más mediático que nunca. Y claro, entonces recordé que la escuela de modas de María Pía yo la había ubicado –en mi mente- en el downtown, cerca del toro de Botero. Y que era setiembre, que para entonces yo habría volado para los Angeles al cumpleaños de mi amigo Juan. Tal vez habría decidido ir ese día justo, y aparte era martes y María Pía tendría clases.
Tomé la foto del Flatiron a manera de amuleto y que después de cábala le regalé a una amiga, y me sonreí porque no había nada que lamentar, porque me quedé estático en el umbral de las oportunidades, y con todos mis amigos en paz. Pero no falta el día que me tiento de buscar en la Internet entre la listas fatídicas del WTC si no hay alguna María Pía.